III. La iglesia de Camarma

A un kilómetro de nuestra casa está el centro del pueblo con su iglesia mudéjar de piedra y un nido de cigüeñas en lo alto del campanario, que todavía posan de pie sobre una pata en su montoncito de palos en forma de redondel. Nuestra abuela Mica siempre nos hablaba desde pequeñas de esas cigüeñas porque decía que traían bebes recién nacidos volando, como en la película de Dumbo. Pero ni mi hermana Marta ni yo creíamos mucho en esas historias, especialmente porque nuestra abuela ponía una cara bien rara cada vez que hablaba de cigüeñas.

La  iglesia de Camarma mantiene un ábside del siglo XII con pinturas románicas en las paredes al fresco, os contaba en la historia anterior. Así fue cómo aprendimos con ocho años lo que era un ábside, porque la iglesia de Camarma es el orgullo del pueblo. El ábside de Camarma es una pared redonda que hay detrás del altar y que sobresale, como todos los ábsides, por el exterior del edificio, como si fuera una media burbuja de ladrillos apoyada en el suelo. El ábside de Camarma durante siglos escondía un tesoro, pues nadie sabía que existían esas pinturas llamadas frescos atrapadas entre dos muros. Fue gracias a una restauración que salieron a la luz.

De niña, sentada en uno de los bancos, solía mirar arriba como si rezara a Dios, pero no era rezar lo que hacía sino dibujar mentalmente las cenefas geométricas que alguien había esculpido cientos de años atrás en el artesonado de madera del techo. Mis primeras clases de arte fueron en esa iglesia. Tanto me gusta ese artesonado que cuando viajo a Madrid me escapo para verlo.

Íbamos todos los domingos a misa. Tantos domingos fuimos que nos pusieron en el pueblo el apodo de “la familia religiosa”. A mi hermana y a mí nos encantaba ir a misa porque de niñas veíamos a las otras niñas vestidas los domingos con sus trajes de comunión. Y de jovencitas nos quedábamos después con amigos para tomarnos unas cañas. Por aquel entonces dejaban tomar alcohol con dieciséis años y a mí me gustaba el vermut porque tenía color rosa. Mi hermana, como era menor, se pedía una Coca-Cola.

Teníamos apodos pero ninguno era feo. A mí me llamaban “La pintora” por una anécdota bien divertida. Con dieciocho años tuve que prepararme para un examen de dibujo de la universidad de Bellas Artes de Madrid. El único problema era que el verano lo pasaba en Camarma y allí no podía estudiar con modelo (que es una persona que se queda muy, muy quieta sin ropa para poder dibujar todos los músculos y los contrastes de luz que resbalan por ellos). A falta de modelo, y después de pensar mucho, concluí que el único desnudo que podía dibujar en Camarma era el Cristo de la iglesia. Tantos domingos habíamos ido a misa que pensé que tanta devoción tendría su premio. Pedimos permiso y el cura dijo que sí. Dibujar a un Cristo no podía ser malo y yo tenía que aprobar mi examen.

Como el Cristo de Camarma tenía los músculos bien definidos y unos pectorales donde se podía hacer buen uso del carboncillo, allí me anclé todo el verano con mi caballete portátil. Dibujé al Cristo hasta la cintura. Por la cara de angustia que tenía y sus espinas no le dibujé ninguna herida porque me daba pena. Mi Cristo parecía un un Brad Pitt Camarmeño con los brazos abiertos. El día del examen empecé a dibujar al modelo y al cabo del par de horas el profesor me dijo: “No hace falta que lo acabes” y saqué muy buena nota. Recuerdo que me dio pena no acabarlo porque era un gusto dibujar sin que las mujeres del pueblo abrieran la puerta para ver cómo dibujaba “la pintora”.

A mi hermana el dibujo que más le gustaba era el que le hice con sanguina un día que estaba estudiando en la repisa de nuestra habitación, cuando llevaba una cola de caballo que se le rizaba al llegar casi a la cintura, igual que la mía. Nos turnábamos para secarnos los rizos con el secador. Cuánto pelo teníamos. Tanto que al llegar a los veintitantos las dos decidimos cortárnoslo. Hoy ese dibujo es de su hijo Gonzalo. En el dibujo sale la ventana de nuestra habitación, por donde se veían todos los campos de Camarma. A esa vista, que era la que veía mi hermana mientras preparaba sus exámenes, también le hice otro dibujo. Hoy ese dibujo es de su hijo Guillermo.

Y pasó y pasó el tiempo. Y cuando me tocó casarme, allí que me casé yo. Y en mitad de la boda, rodeada de frescos y americanos, nos faltaba un papel que se había quedado en el coche. Y mi hermana tuvo que salir corriendo de la iglesia de Camarma a lo James Bond y entrar por la puerta principal llena de tules fambruesa con el papel en la mano, mientras el cura me decía: “sin ese papel no os puedo casar”. Después, ya delante del portón y debajo del nido de cigüenas, nos preguntaron varios amigos si lo habíamos hecho a posta para darle más emoción a la ceremonia, como en las películas. Siempre que recordábamos la anécdota nos daba a las dos un ataque de risa.

Published by Gema Alava

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