Fernandito, Marta y Gema en Camarma de Esteruelas. Las cien picaduras de abeja (II)

La entrada por la puerta del garaje por donde entraba Fernandito.

Como ya he dicho, Camarma es un lugar de cuento. Su historia es bonita desde la época de la Edad de Bronce, cuando las personas le daban bien fuerte a un martillo para hacer una cacerola. Así de antigua es la cultura de las tierras de Camarma.

Su río está lleno de caminitos bordeados por juncos, por donde los niños nos encontrábamos por sorpresa hace treinta años, pero hoy están abandonados porque los adolescentes pasan horas y horas en sus consolas y pantallas de ordenador.

Su iglesia de piedra mantiene el ábside del siglo XII con pinturas románicas en las paredes, al fresco, lo que no quiere decir que se pintaron al aire libre (al fresquito de la tarde), sino que se aplicaba la pintura directamente en el muro y los pigmentos los absorbía la pared como si tuviera mucha sed. Eso es la técnica de pintar frescos (que tampoco tiene que ver con la idea de pintar retratos de caraduras). Y en septiembre son sus fiestas, cuando se celebran tradiciones y se recuerdan tantas y tantas generaciones que, probablemente, tuvieron infancias felices trepando a los árboles que crecen a lo largo del río Camarmilla que cruza el pueblo de norte a sur hasta llegar al Jarama.

El Camarmilla es un río pequeño que a veces se puede cruzar de un salto y otras poniendo un pie en una roca que sobresale del agua. Durante todo este tiempo los juncos han crecido y los árboles están más altos. La casa de nuestros padres está pegada al Camarmilla. Una primavera hubo una riada y el agua era color chocolate porque arrastraba trozos de barro arrancados del lomo del río. El agua rebosaba, arrastraba ramas, y parecía que iba a llevarnos a mi hermana y a mí como a uno de esos trocitos de barro. Aquel día el río me dio miedo. Muchas de las historias que nos sucedieron a Fernandito, Marta y a mí fueron cruzando el río.

Todas las grandes ciudades suelen tener mar o río. El Camarmilla tenía hasta playa. Pero antes de hablaros de la playa del Camarmilla quiero contaros la aventura de las abejas, porque os lo había prometido y lo que se promete es deuda.

Aquel día Fernando había llamado a nuestra puerta, que en realidad era una valla, porque nunca entrabamos por la puerta principal sino por la rampa del garaje. A mi hermana Marta le encantaba poner los pies entre los barrotes de la valla e impulsarse para dar la vuelta en el aire, como cuando nos subíamos a las puertas corredizas del parque de atracciones. Probablemente por eso la puerta a día de hoy, cuando se empuja, hace un ruido como de cerdo ronco que le llevan al matadero. Ese era el mejor timbre. Oíamos el quejido del hierro y nos asomábamos a la ventana.

Aquel día Fernandito abrió un poco la puerta y gritó: “¡Marta! ¡Gema!”

Mi madre nos avisó: “¡Niñas, Fernandito ya está aquí! Llevad a la cocina todo lo de la mesa antes de salir.” Y salimos.

Yo tenía  unos diez años, Fernando nueve y mi hermana siete. Marta y yo solíamos ir enfundadas en unos pantalones de pana bombachos que se abrochaban debajo de la rodilla. Los míos eran de color mostaza y los de Marta verde claro. A mí no me gustaban nada esos pantalones pero nunca se me ocurrió quejarme por ello.

“¡Marta! ¡Gema! ¿A que no sabéis lo que he descubierto en la casita abandonada de ahí, camino a casa de Loreto?” nos dijo Fernando como si fuera a sacar un conejo blanco de un sombrero.

Mi hermana y yo, embobadas, esperamos a que Fernando nos contara la sorpresa, pero en lugar de contarnos qué pasaba, dijo: “¡venid!” Y salió corriendo.

“Acercaos despacio, no haced ruido”, dijo Fernando cuando le alcanzamos al lado de unos muros medio destruidos pintados de cal blanca. “Mirad por la ventana. ¿Lo veis?”

La verdad es que ni mi hermana ni yo vimos nada porque hasta aquel día no habíamos visto una colmena de verdad. La única colmena que conocíamos y sabíamos hasta dibujar era la de los dibujos de Winnie de Pooh porque aquel mismo año nuestro padre había comprado un video y esa era una de las dos cintas que teníamos y veíamos un día sí y otro también. Nos aprendimos los diálogos de memoria y mi hermana solía decir al entrar al salón: “Yo solo soy nubeciiiiiita, que pasaba por aquí’. A lo que yo respondía: “El panal visitaaaaaando, por favor no se fijen en mí.” Después, al unísono, como dos unicornios borrachos en peligro de extinción, cantábamos: “Ya saben bien que una nube no come miel, no,  y nunca lo hará”. Creo que las abejas sospechan algo, le decía Pooh a Christopher Robin. Christopher Robin le decía al oso Pooh: “Uno nunca sabe con las abejas”. Y ahí acababa nuestro conocimiento sobre colmenas hasta que Fernadito dijo: “¿Qué pasaría si le tiráramos una piedra?

No recuerdo si tiramos una piedra o no. Lo que sí recuerdo es que la colmena parecía un nido gordo de golondrinas, o una pila de bolas de barro lanzadas con fuerza desde lejos hasta formar una escultura medio cilíndrica. Y entonces oímos a Fernando que decía: “¡Ay, corred, corred, me están picando!”. Y corrimos los tres entre las zarzas y los cardos.

Llevábamos pantalones cortos ese día de verano y, al llegar a casa, nos contamos las picaduras de las piernas entre las raspaduras de las espinas. Mi hermana Marta tenía dos, yo siete y Fernandito veinticinco. Nuestras madres no ganaban para sustos mientras nosotros lucíamos con orgullo aquellas señales de guerra. Tanto, que al cabo de los años cada vez que recordábamos ese día nos moríamos de la risa.

El dolor del aguijón se pasaba con un trocito de hielo, nos dijo alguien, y así nos pasamos toda la tarde: con trocitos de hielo que se nos derretían entre los dedos y dejaban charcos en las baldosas de la cocina mientras los tres repetíamos en voz alta: “¡Cómo pica, cómo pica!”

Published by Gema Alava

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