IV. Camarma y las esteruelas

Foto de Juan Andrés Fernández Alcantud, Campos de Camarma

Esteras, esterillas o esteruelas de esparto, de ahí viene el nombre de Camarma, por las muchas esteras que se hacían antiguamente con el esparto que crecía en sus tierras. La planta del esparto está fuertemente arraigada al suelo. Recuerdo que crecía al lado del río y cuando bajaba por la cuesta en busca de ranas me sentía muy segura agarrándome a ella. Era más fina que los juncos y, según me resbalaba hacia abajo, el esparto resbalaba entre mis dedos y las palmas de mis manos. Era buena técnica.

Mi padre tenía estropajos de esparto seco para limpiar la piscina. A veces mezclaba esparto mezclado con yeso si tenía que reparar algo del jardín o dar una lechada a algunas baldosas que acababan de colocar. Sabíamos mucho vocabulario de albañilería porque crecimos mientras construían nuestra casa de Camarma con una terraza escondida en el tejado. En las redacciones del colegio intentaba hacer alarde de todo mi vocabulario, hasta que me metí en un lío por decirle a las monjas que mi padre los domingos trabajaba de albañil además de ser ingeniero industrial el resto de la semana. La monja llamó a mi madre a casa porque, además de estar la mujer confundida, los domingos no eran días de trabajo. Mi madre recuerda hoy esa anécdota entre risas. Las mismas monjas llamaron a nuestra vecina porque su hija en el examen de religión había escrito que la virgen era “la María hecha hombre”. Cuando mi madre me lo contó recuerdo que tuve el siguiente pensamiento: “Así no es. ¡El catecismo dice que Jesús es el hijo de Dios hecho hombre, no su madre!” Con el tiempo las interpretaciones de la frase “la María hecha hombre” cambiaron y pude sumarme a las risas de mi madre y a los pensamientos impuros de las monjas. Eran otros tiempos. Los niños pensábamos en jugar, memorizábamos mal cosas que no entendíamos y las madres recibían llamadas. Acabamos cambiándonos de colegio.

Sabíamos mucho de psicología positiva de niñas como muchos de nuestros amigos, pues no hay mejor sentimiento de felicidad que poder expresar aquello que es nuestro “fuerte” o fortaleza. O sea, poder hacer aquello que sabemos hacemos bien y compartir la experiencia con el mundo. Así es cómo se crean lazos con el universo. Los “fuertes” de mi hermana y los míos a veces eran los mismos, otras veces diferentes. Éramos las dos muy buenas en subirnos a las ramas más altas; en trepar el palo de la portería que no tenía red; en hacer derrapes con la bici; en lijar con una piedra la parte de atrás de una chapa; y en saltar al montón de arena desde la terraza principal antes de que construyeran las escaleras. Solíamos pensar en positivo porque ni los juncos, ni las piedras, ni el palo de la portería, ni el esparto nos juzgaban. Deberíamos dejar a los niños que se expresaran más y nos dejaran saber cómo se sienten orgullosos de ellos mismos. Mucha de la ansiedad del mundo desaparecería.

Os contaba en la historia primera que el día que Fernandito nos había dicho dónde había una colmena, la única colmena que mi hermana y conocíamos era la de los dibujos animados de Winnie de Pooh. Ese mismo año nuestro padre había comprado un video VHS. A mí me gustaba decir “UVE-HACHE-ESE” en voz alta porque sonaba raro, casi como a supercalifrágilisticoespialidoso. Probablemente mi hermana y yo repitiéramos la palabra incesablemente hasta dar a mi madre dolor de cabeza. A veces podíamos ser muy pesadas.

En mis años de educadora en la Morgan Library & Museum de Nueva York he tenido que explicar cientos de veces cómo en la Edad Media muchos hogares tenían tan solo un libro en casa (y eso si eras rico) porque los libros manuscritos se escribían a mano y había pocos. Cuando les explico a los niños neoyorquinos que en la época medieval era normal releer el mismo libro toda tu vida y la “repetición” era el pan de cada día, creo comprender a aquellas personas. ¿Por qué? Porque mi hermana y yo rebobinamos tanto aquella cinta de dibujos animados que los diálogos formaban parte de nuestra vida consciente (no “subconsciente” como diría el neurólogo austriaco Sigmund Freud).

La primera película que vimos se nos quedó grabada también en la mente de tantas veces que la vimos. Fue Laberinto, con David Bowie. Desde entonces, mi hermana y yo decíamos cuando estábamos enfadadas: “¡Ojalá vinieran los Goblins y se te llevaran!” Ahora, según escribo esto, me rio, porque a mi hermana se la han llevado los Goblins pero de verdad, y ahora me toca a mí contar este laberinto de historias para volver a encontrarla.   

Lo de tener video en casa era una novedad. Incluso ahora me cuesta creer que en Youtube se puede encontrar y ver a cualquier hora cualquier trocito de aquellos capítulos que mi hermana y yo nos quedamos sin ver por tener que ir los domingos a la comida familiar presidida por mi abuela Mica en compañía de nuestros cuatro primos. Mica era de Micaela.  Mi abuelo se llamaba Miguel. Los dos se llamaban en el fondo igual, como mi tío, mi primo y mi marido. Rodeada de Migueles y Micaelas he crecido.

Además de esteras, con el esparto se hacían sogas y cuerdas. Hay un momento en el que una cuerda deja de ser cuerda para convertirse en soga, pero no existe la medida oficial que diferencie a las dos. Se reconoce por el tacto. Las sogas están hechas con varias cuerdecitas trenzadas que en la parte del final se destrenzan y parecen una cola de caballo sin cepillar. Solíamos atar una soga bien gorda a una rama del árbol y hacíamos un nudo tan grueso en la parta baja que nos servía de asiento. Nos sentábamos encima del nudo con las piernas cruzadas y nos columpiábamos. Lo difícil era columpiarnos sin dar vueltas como un remolino. Al final desistíamos y lo más divertido era girarnos como si la cuerda fuera un torniquete y quien estuviera encima del nudo fuera un clavo mareado. Enroscaba a mi hermana hacia la derecha sujetando bien fuerte sus pies hasta que la soga parecía que iba a quebrarse y, antes de soltarla decía: “Marta, ¿lista? Una, dos… ¡tres!” Y mi hermana reía. Y yo también.

Published by Gema Alava

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4 thoughts on “IV. Camarma y las esteruelas

  1. Bella narración, me resultó muy entrañable y me hizo mucha gracia imaginar esos bellos momentos de infancia junto con tu hermana. Seguro que ella está partida de risa allí donde esté, con los Goblins.

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