Fernandito, Marta y Gema. Las cien picaduras de abeja (I)

Fernandito, Marta y Gema en Camarma de Esteruelas.

Las cien picaduras de abeja (I)

Esta historia comienza en un lugar que, como en todas las buenas historias, tiene nombre de cuento: Camarma de Esteruelas. Gracias a este nombre me gané yo un día una apuesta con mi amigo Carlos Calderón, quien me retó al juego de la mentira escondida. Os cuento el reto: se cuentan dos verdades y una mentira y se pregunta al contertulio ¿qué mentira te he contado? Mi amigo Carlos pensó que era imposible que existiera un lugar con el nombre de “Camarma de Esteruelas”. Así fue cómo me gané aquel día un helado.

En este lugar con nombre de cuento vivía un niño de siete años que se llamaba Fernando. De niñas, mi hermana Marta y yo tardábamos treinta minutos en ir desde nuestra casa en Madrid a Camarma, siempre metiditas en el coche de nuestros padres. A veces nos llevábamos hasta a nuestro pájaro Pichí dentro de su jaula. Salíamos los viernes después del colegio y regresábamos el domingo por la tarde. Así pasaron casi veinte años.

Fernando vivía en la última casa de la calle, en la rotonda. Mi hermana y yo en la penúltima. Entre medias había una parcela vacía llena de amapolas por donde cruzábamos hasta el río que casi se metía en nuestros jardines por la parte de atrás, donde daba la sombra a partir de las cuatro. A mí siempre me daba envidia que la valla de piedra de la casa de Fernando fuera circular pues desde pequeña ya me ponían nerviosa los ángulos y las líneas rectas.

Son muchas las historias que nos sucedieron en Camarma durante nuestra infancia, cuando el mundo daba vueltas sobre dos ruedas de bicicleta. Aprendimos a cambiar llantas y a buscar la burbuja en la cámara dentro de un balde de agua antes de pegar el parche; sabíamos dónde encontrar las moras más sabrosas y el orégano más fresco que nos limpiara las manos de barro; cómo hacer el mejor columpio para saltar el río; construir cabañas con techos de palos; cantar desde los árboles; rescatar pajaritos caídos de nidos; y mil y una cosa más. Pero hoy empezaré con las picaduras de abeja. ¿Por qué? Porque creo que fue gracias a esas picaduras que hoy, ya adulta, me he metido de lleno en un proyecto inspirado en colmenas, titulado HEXÁGONOS.

¿Y por qué escribo estas historias? Porque por obra de magia, después de contarle durante un año a mis sobrinos de ocho y diez años las “historias de Fernandito” para así recordar las andanzas de su madre cuando era pequeña, ayer me llamó —debido a una coincidencia— el mismo Fernando al cabo de los veinte años. Y, para mi sorpresa, me dijo que era un locutor de primera que graba audiolibros, anuncios de la tele y dobla las películas favoritas de mi madre. Así que, ni corta ni perezosa le dije: “Fernando, durante el último año te has convertido en Fernandito. Y eres el protagonista de mil y una historias que les cuento a mis sobrinos antes de ir a dormir ahora que Marta no está. Hay que ponerle voz a esos diálogos, ¿y qué mejor voz puedo ponerle a Fernandito que la del propio Fernando?”

Así que he decidido empezar esta serie de historias con la anécdota de las cien picaduras de abejas.

Published by Gema Alava

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