#7. La luz de Robert Ryman

Hoy es lunes. El jueves pasado participé en un taller basado en centrar tu energía en lo que crees es tu propósito de vida, ya sea fundar un blog, aprender un idioma o sencillamente ser una presencia grata para quien se cruce en tu camino. Este taller titulado “Confía en tu Verdad” e impartido por Sade Gryffin, tenía cierto eco familiar pues durante la última década he desarrollado proyectos artísticos que contienen estas dos profundas palabras.

A las nueve de la noche hice el primer ejercicio. Consistía en imaginarme anclada a un cable conectado al centro de la tierra (imaginar una conexión con la madre tierra es un ejercicio que recomiendo a todo artista). A continuación tenía que visionar mi nombre grabado en el núcleo. De ese modo podría ser consciente de quien era yo sin tener en cuenta las expectativas que nos exigimos en el día a día, ni las que otros proyectan en nosotros. (Es bueno recordar que somos algo más que el eco de nuestro nombre: somos nuestra propia esencia más el potencial de quien podemos llegar a ser.)

Intenté imaginar mi nombre grabado en el núcleo de la tierra pero lo único que llegué ver fue mi nombre grabado en una pintura hecha, hace una década, por un gran artista americano. Y recordé el instante en el que el pintor había dibujado aquellas cuatro letras con su pincel, y la sensación que había tenido al reconocer mi nombre. Entonces me di cuenta. Un artista ya me había enseñado aquella lección: “cree en ti mismo y en tu trabajo; sé sincero contigo mismo, quienquiera que seas y allí donde estés”.

La responsabilidad del artista es esforzarse en contar sus verdades peculiares y plantar semillas de su conocimiento peculiar en tierra fértil. No es trabajo nuestro echar un vistazo para ver si crece algo. Lo importante es dar, no recolectar. En eso consiste la grandeza de todo gran artista. 

No comenté nada sobre este asunto al resto del grupo cuando intercambiamos impresiones. El hecho de que un artista famoso había incluido mi nombre en una pintura con la intención de animarnos (a mí y a otros miles de jóvenes artistas) para que no dejáramos de creer en nuestras verdades peculiares (a pesar del reto que esto pueda parecer) era algo demasiado grande para compartirlo así sin más. Asi que, como ya llevaba una década callada, pues no dije nada. No era el momento adecuado.

Esto fue lo que pasó la noche del jueves. Me fui a dormir con la imagen de unas pinceladas blancas esparcidas por un azulejo cuadrado. La noche siguiente –viernes 8 de febrero– a los 88 años fallecía mi querido y admirado amigo Robert Ryman.

***

Conocí a Robert Ryman el 25 de noviembre de 2008 gracias a la artista americana Merrill Wagner, y también Sra. de Ryman. Merrill le había dicho a Bob que quedara conmigo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) aquella mañana, para participar en un proyecto secreto que estaba desarrollando yo, basado en la intersección entre arte y educación, que consistía en mantener diálogos privados delante de pinturas.

Por aquel entonces tenía yo una fotografía expuesta en la “Exposición de empleados del MoMA”. Después de quedar con los amigos para ver mi trabajo enmarcado en el pasillo de las oficinas, nos dábamos un paseo por la colección permanente del museo. Aún creo que el mejor modo de dejarse llevar por una obra de arte es observándola; permitiendo que ella misma se nos revele a su ritmo. (Y siempre que se pueda, en buena compañía).

Merrill ya había participado en este “proyecto secreto” titulado TELL ME (Cuéntame). Como Bob y yo habíamos trabajado en el mismo museo (él como guardia de seguridad y yo como educadora) mientras sobrevivíamos como artistas (y a ambos nos habían inspirado las pinturas hasta el punto de haber tenido la necesidad de hacer algo más), Merrill le había dicho a su marido que participara en este primer proyecto que acabaría en la trilogía TELL ME – FIND ME – TRUST ME (2008-2009-2010).

Ryman llegó a lobby puntual. Hablamos sobre cómo los trabajos remunerados en las galerías de un museo pueden influenciar la obra de un artista, y fuimos derechitos a ver Mirós.

Delante del primer lienzo empecé a hablar sobre la composición, el color y la textura del óleo. No había pasado ni un minuto cuando Ryman se giró hacia mí con ojos bien abiertos y, como si yo hubiera dicho algo incorrecto, me dijo con tono entre divertido y acusador:

— ¡Eres una pintora!”

Aquel instante fue más surrealista que las pinturas que nos rodeaban pues ahí estaba yo desarrollando proyectos basados en conversaciones cuando el mismísimo Robert Ryman me acababa de decir a la cara que yo era una pintora. No me lo preguntaba. Me lo confirmaba.

—Pues sí –dije yo casi disculpándome–. He estudiado en Madrid, Londres, San Francisco… Me han dado becas. Lo has sabido por cómo estaba describiendo la pincelada… –deduje en voz alta–.

Con la sensación de estar delante de una especie de Yoda, supe que cualquier amago por no ser transparente él lo descubriría antes que yo. Y me di cuenta de que me estaba obligando a ser la Gema que casi no recordaba ser. Me rendí en ese instante y se lo hice saber con una mueca que él entendió.

Entonces se rió, asintió con la cabeza, y la conversación fue desde ese momento muy fluida.

Analizamos las pinceladas de los Van Goghs, que eran cremosas, a veces un poco pegajosas, y luchaban unas con otras por mantener su propia identidad. Las comparamos con las pinceladas de Gaugin y de Cezanne. Analizamos incluso el modo en el que el rodillo había dejado su huella por la pared del museo, como la presencia casi invisible de los guardias de seguridad.

Durante la conversación, delante de un Andy Warhol, apareció de repente la comisaria jefe del departamento de pintura del MoMA, Ann Kemkin, quien le reconoció de inmediato.

— Hola, ¿qué haces aquí? – le preguntó ella–.

—Hola –dijo él, como quien saluda a un vecino de camino al quiosco por la mannana–. 

— ¿Cómo estás? Hace tanto tiempo que no te veo ­–añadió ella–.

—Sí –contestó él.  Y dejó pasar unos segundos antes de decir–: Ok. Encantado de verte.

—Adiós –dijo la comisaria con respeto.

Pensé que ella también estaba bajo el “efecto Yoda” porque, sin más, se dio la vuelta y desapareció.

Continuamos caminando. Ryman me preguntó si la comisaria sabía que yo era una artista y le dije que no. Entonces él me dijo que no le cabía la menor duda de que el museo apoyaría el proyecto. “Este es un buen proyecto. Al museo le gustará. Te ayudarán” fueron sus palabras exactas. Pero yo le dije que no estaba tan segura de aquello. Él me preguntó que por qué decía eso, y yo le respondí: “Porque aun no saben que el proyecto está sucediendo”.

De regreso al lobby nos sentamos en un banco para que pudiera anotar sus impresiones, como el resto de participantes de TELL ME, en el cuaderno que lo documenta. Después de firmar como colaborador, pasó la hoja y se quedó un par de segundos mirando el rectángulo en blanco. Entonces me preguntó:

— ¿Cómo se deletrea tu nombre? 

Y allí mismo dibujó las cuatro letras de mi nombre seguidas por los números 08 que indicaban el año en el que nos encontrábamos.

Con una sonrisa me devolvió el cuaderno abierto por la página del dibujo, y así de contentos nos tiramos una foto delante de un Miró.

***

Después de TELL ME vino FIND ME porque aún nos tenian que encontrar. De eso hablábamos Merrill, Bob y yo durante las muchas tertulias que tuvimos durante años, una semana sí y una no. 

Como nuestro proyecto parecía haber sido absorbido por las paredes del MoMA, se me ocurrió hacer otro proyecto. Se llamaría FIND ME (Encuéntrame) y, a falta de museos, consistiría en esconder obras maestras por la calle. Bob accedió a hacer una pintura en una de las baldosas extra de mi cocina que, por obra de magia, había sacado yo un buen día de mi bolso durante una de nuestras tertulias. Merrill haría otra pintura sobre una roca gris. Todas las piezas se esconderían en lugares secretos que sólo el autor/a de la pieza y yo conoceríamos. Cómo nos divertíamos imaginando a los museos tras las pinturas. Una vez que me dio mucha risa, me dijo: “te pareces mucho a Eva Hesse”.

Es hoy cuando soy consciente de que, desde el pasado ocho de febrero, soy la única portadora del secreto de la pintura de Robert Ryman. Y me pesa sobre los hombros la responsabilidad de contar bien la historia, porque el legado y la generosidad de Ryman son inmensos y él se merece una historia extraordinaria.

El día que Ryman accedió a hacer la pintura en la baldosa de mi cocina, le dije que necesitaríamos un comisario para exponer el proyecto con las obras de los otros artistas que también participarían en FIND ME. Pero él dijo que no. 

—Pero Bob, sin comisarios nadie se va a enterar de nada, como ya nos pasó con el proyecto anterior –le dije preocupada–. 

Él me contestó muy claro:

—Tienes que hacer el proyecto tú sola. Esta pintura no es para un comisario. Esta pintura es para el proyecto de Gema.

Tenía que elegir. 

Recuerdo que le miré de frente con muchas dudas, pues no entendía cómo una artista emergente podía creer en sí misma hasta el punto de ignorar a los comisarios. Y entonces entendí a quien tenía delante: no a mi amigo Bob sino a un artista excepcional que había dedicado su vida a creer en su verdad peculiar y a sembrar sin pensar en el resultado. Si no se entiende eso no tiene sentido ser artista, pensé. Y así estuvimos un buen rato sin decir nada.

Entonces me vinieron a la mente las pinturas blancas del Robert Ryman que yo conocía a través de la cuarta planta del MoMA, donde se exponen obras icónicas de artistas icónicos americanos. Y me di cuenta de que, por un momento, se me había olvidado el poder y la fuerza del “buen artista” que prepara obra para la eternidad, porque las buenas obras se revelan al público lentamente, capa a capa, cuando les dedicamos tiempo y atención. No tienen prisa alguna en comunicarse con nosotros. Ya están hechas.

Entonces Bob me dijo que tenía que creer en mí porque “era buena artista y tenía muy buena intuición”. Eso dijo. Y también dijo que en lo único que tenía que preocuparme era en “empezar y concluir bien mi trabajo” porque “cuando el trabajo es bueno el tiempo se encarga de todo lo demás”. 

Tenía que creer en mi verdad. 

Entonces le dije:

—Quiero la pintura.

***

El día en el que le di a Robert Ryman una baldosa de mi cocina para que hiciera una pintura, pensamos en esconderla debajo de un puente de Central Park. Ryman había calculado que el óleo duraría unos tres meses en aquellas condiciones. Pero, al cabo de un par de semanas, cuando vi la pintura —envuelta en un papel encerado blanco que crujía al abrir—se me escapó un: “¡Pero qué buena es esta pintura!” y un: “¡No podemos poner esto debajo de un puente!”

Él asintió. “Si… No sabía que la pintura saldría tan bien.”

Nos dio la risa a los dos y así nos pusimos a pensar en lugares para esconder la pieza de modo que estuviera protegida. Esa pintura, a día de hoy, sigue escondida en el lugar exacto que Ryman eligió. Y esa es otra historia.

Cuando Ryman firmó el documento de autenticidad de la pieza, me di cuenta de que había dejado en blanco la parte reservada para el título.

—Necesitamos un título –le comenté–.

Como no dijo nada, le pregunté otra vez: ¿Qué título pongo?

Él volvió a quedarse callado, mirándome de frente con una de sus sonrisas como si no fuera capaz de adivinar su acertijo. Entonces me dio a mi la risa y le dije: “¡Tengo que poner algo!”

Sonrió pero no me dijo ni una palabra.

— ¿Lo llamo Sin Título? –insistí yo–.

—Si eso es lo que tú quieres –dijo él–.

A fecha de hoy, el documento de autenticidad sigue con el espacio del título en blanco.

Nos tiramos una foto para documentar aquel momento y me fui al metro con la pintura en el bolso.

Al llegar a casa desenvolví el óleo encima de la mesita del salón e intenté digerir el hecho de que estaba a cargo de esconder una pintura de Robert Ryman. Según la observaba me dio la sensación de haber visto aquellas pinceladas en algún otro sitio, y me vino a la mente el dibujo que Ryman había hecho el año anterior en el cuaderno de TELL ME, cuando estabamos en el banco a la sombra del Miró.

Corrí a mi habitación y saqué el cuaderno de la repisa. Lo abrí por la página con el dibujo de mi nombre y lo coloqué al lado de la pintura. Entonces vi una G blanca dibujada con óleo blanco. Y, pegada a la G, había una E. Y encima de la E, por el resto de la baldosa vi los restos de mi nombre. Y entonces entendí por qué la pintura no había tenido título hacía apenas unas horas.

Recordé nuestra primera conversación, cuando Ryman me había reconocido como pintora, y, como pintora que soy, permití que la pintura me hablara. Analicé cada una de sus pinceladas y ellas me revelaron cada uno de los movimientos de la mano que las había creado.

La primera pincelada, de unos cinco milímetros de grosor, empezaba en la esquina izquierda superior de la baldosa y se arrastraba hasta el centro en una línea ondulada. La había puesto ahí para tantear y ver cómo respondía la textura del óleo al contacto con la superficie de aquella baldosa de cocina. (La primera pincelada informa al pintor sobre lo tiene delante, especialmente cuando baldosa solo hay una).

Entonces vi la segunda pincelada. Apenas rozaba la anterior y, aun así, creaba unas ondas extras de óleo como cuando en la orilla dos olas se cruzan antes de morir. Para conseguir eso el pincel debe aplicar la presión exacta. Pintar con un control absoluto de modo que parezca un juego de niños es algo que muy pocos artistas han conseguido en la historia del arte.

Esas pinceladas maestras me recordaron a las de Rembrand, pero las de Ryman eran pacíficas, salían como si nada, tranquilas, como si estuvieran de paseo o una varita mágica las dictara. Esa pintura, hecha en cuestión de minutos, contenía la sabiduría de toda una vida.

Como pintora, es casi imposible describir la sensación de asombro que me recorrió de pies a cabeza mientras observaba el óleo, y lo entretenido que me redultaba deshilvanar el puzle. Perseguir con la vista aquellas pinceladas era tan divertido como hacer eses con el dedo por encima de un pastel de crema.

La pintura tiene dos tonalidades casi imperceptibles de blanco, invisibles sin la luz adecuada. Con la baldosa en la palma de mi mano, la movía a la derecha y a la izquierda para ver los efectos de la luz desde diferentes ángulos. Ahora veía la G… ahora no. Ahora podía ver la tercera pincelada… ahora se mezclaba con la cuarta y con la quinta… Y me preguntaba: ¿qué más va a revelarme esta pintura?

Estuve un buen rato disfrutando del momento. Ese es el misterio de una buena obra de arte: las múltiples experiencias que puede provocar.

Dejé la pintura en la mesa y descolgué el teléfono para llamar a Ryman. Marqué el número y contestó él. Le dije: “tu pintura tiene mensaje.” Y como si le divirtiera el hecho de que por fin había descubierto su adivinanza, me dijo: “sí”.

***

Se crean las obras de arte para compartirlas, para que vuelen, para que generen efectos dominó de la cultura, para pisarlas, o sencillamente para que no hagan nada, pero nunca para meterlas en caja fuertes. 

Las pinturas de Robert Ryman no se explican, casi ni se titulan. Ellas mismas se encargan de revelar lo que llevan dentro. Las pinturas de Robert Ryman necesitan curiosidad, mimo, espacio, entendimiento, respeto, tiempo para dejarse ver y, por encima de todo, luz para iluminarnos. 

El buen artista no necesita explicar nada. La obra lo hace por nosotros. Con Ryman aprendí que un nombre nunca puede bloquear la luz adecuada para ver, pero tampoco hay que tener miedo si nuestro nombre se ilumina.

Hay que creer en lo que es auténtico: esa es la esencia que todo artista deja en su obra cuando es sincero consigo mismo. Ni instituciones, ni críticos, ni comisarios pueden imponer nada al buen artista. Ni siquiera el ego del propio artista. 

Otra de las condiciones que Ryman me dio antes hacer la pintura para FIND ME era asegurarme que su pintura fuera siempre presentada en el contexto del proyecto. Es importante valorar el apoyo que nos damos entre artistas, pues no son sólo los objetos que creamos lo que permanece cuando dejamos este mundo, sino nuestro modo de ver, de entender, de estar…

Los artistas tenemos que apoyarnos pero, en realidad, no hay prisa alguna por dar a conocer las historias importantes si el momento no es el adecuado. ¿Y cómo saber cuándo es el momento adecuado? Cuando las cosas tienen sentido, o cuando la historia puede iluminar un camino que se ha vuelto demasiado angosto o demasiado oscuro. Uno no enciende una vela de emergencia a plena luz del día si sabe que esa misma vela puede alumbrar a muchos cuando llegue la oscuridad.

***

Recuerdo una conversación con Bob en el interior de otro museo. Merrill se había quedado rezagada mirando una escultura. Ryman se paró delante de una pintura y dijo: “esto que dice aquí en la etiqueta no es verdad”. Yo me reí pensando en cuánta información errónea debía escribirse al explicar el legado de un artista cuando, en realidad, lo que hay que hacer es sentarse delante de la obra y dejarla hablar. Le contesté: “Claro, es que conocías a ese artista. ¡Tú lo has visto todo!”. Entonces Ryman dio un par de pasos adelante, senaló otra pintura con el dedo, y dijo con una de sus sonrisas: “¡Esa no la había visto!”

Aquella respuesta fue el germen del tercer proyecto de la trilogía TELL ME – FIND ME – TRUST ME.

Si dejamos que una pintura nos hable podemos ser conscientes del instante y el espacio que ocupamos, así como de la luz que nos ilumina (cuya velocidad marca una de las constantes más estables de nuestra realidad).

A veces la luz adecuada para ver es una luz reflejada. Otras veces la luz viene de dentro, o se proyecta, o se tapa, o se cubre, o no se quiere ver. Para que una pintura ilumine necesita un alma que quiera pintarla y un alma que quiera observarla. A veces, para reconocer los efectos de la luz hay que permitir silencios y preguntas que no tienen respuesta. Una pintura puede anclarnos al centro de la tierra.

Quizá lo transitorio se vuelve permanente en el instante en que se observa. Quizá en el momento en el observamos cambiamos la dirección de lo que acontece, pues hasta los pensamientos más diminutos dejan huella.

Hay pinturas que tienen la capacidad de revelar aspectos espacio-temporales que dudo estudien los críticos de arte en profundidad. En realidad, una pintura no es responsable de nada, somos nosotros los responsables de saber cómo observar.

***

TRUST ME consiste en descripciones verbales de obras de arte. (Las mismas descripciones verbales que elaboro como educadora de museo para personas legalmente ciegas). El primer participante de TRUST ME fue Ryman. Durante una de nuestras tertulias le pedí si podía sentarse en una silla delante de una de sus propias pinturas y cerrar los ojos. Él escuchó mi descripción y yo le agradecí sus comentarios.

El día oficial en el que TRUST ME tuvo lugar fue el 14 de mayo de 2010. Es pura coincidencia que esa fecha marque el día de todas las Gemas, en honor a la Santa italiana Gema Galgani (bien conocida en España por ser la patrona de los estudiantes que están a punto de examinarse). De modo casi misterioso, ese nombre aparece también en el tercer proyecto en el que Ryman participó.

Tantas lecciones aprendí de Robert Ryman que, en el fondo, parece que no se ha ido.

Gracias, Bob, por enseñarme a estar presente en el momento; por esas preguntas que afilaron mi intuición; por tus silencios, que me animaron a trabajar pacientemente y constantemente en lo que ahora sé es mi propósito de vida y, especialmente, gracias por tu obra artística que nos ilumina para poder reconocer lo que es auténtico de lo que no lo es.

***

El día que Ryman me dio las cuatro letras de mi nombre grabadas en una baldosa de cocina, me dijo: “asegúrate de que la pintura está bajo la luz adecuada.” Y yo le pregunté: “Y cuál es la luz adecuada?” Y él me explicó.

Para poder ver una pintura, como para ver todo lo demás, se necesita la luz adecuada.

TELL ME
© 2008 Gema Álava
Cuaderno que documenta TELL ME.
© 2008 Gema Álava 
Dibujo de Robert Ryman, 2008
TELL ME 
© 2008 Gema Álava
Robert Ryman y Gema Álava
FIND ME 
© 2009 Gema Álava
FIND ME
© 2009 Gema Álava

Pintura de Robert Ryman, 2009
FIND ME 
© 2009 Gema Álava

Published by Gema Alava

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