V. Fernandito, Marta y Gema. La guerra de las bolas de barro

Os he hablado de los campos de Camarma y del esparto, aunque en nuestra infancia esas cosas eran medio invisibles porque las veíamos todos los días. Es una pena, pero, cuando los seres humanos vemos algo demasiado a menudo, ese algo se vuelve medio transparente. En realidad uno puede acostumbrarse hasta a lo malo y correr el riesgo de volverse dócil cuando debería salir corriendo. (A veces nos volvemos tan dóciles que olvidamos quienes somos). El trabajo del artista es parecido al de los niños, pues los artistas intentamos no perder la pasión por la vida y buscamos por las esquinas más escondidas para despertar a quienes duermen mientras una vida medio transparente les pasa por el lado.

De pequeños no teníamos tiempo para acostumbrarnos a nada porque cada fin de semana era una aventura. La aventura de hoy tuvo lugar en los cimientos escavados de la casa roja. 

La palabra “cimientos”  —dice el diccionario— es la parte de debajo de la tierra que sostiene lo que hay encima. A menudo se usa esa palabra también cuando nos prepararnos para evitar cargas que se nos pueden venir encima. Entonces se habla de los “cimientos de una relación”, o los “cimientos de la familia”, o los “cimientos de una amistad”. O sea, que los cimientos que tienen que ver con los valores humanos son tan importantes o más que los de una casa, pero de eso hablaremos otro día.

Los cimientos de la casa roja eran unos surcos bajo tierra que nos llegaban hasta el cuello, casi como túneles a la medida. Habían sido excavados con una pala mecánica que cortaba el suelo como si fuera una tarta de chocolate con muchas capas. Tantas capas salían que durante mucho tiempo mi hermana y yo queríamos ser arqueólogas de mayores. ¿Por qué?  Porque solíamos jugar a hacer preguntas filosóficas del estilo: “¿Cuánto tarda en deshacerse una nube?  ¿Desaparece antes si la miramos fijamente? Creíamos que las sorpresas enterradas nos explicarían por qué estamos aquí. Pero, a falta de respuestas acabábamos haciendo túneles en el montón de arena blanca, donde yo escondía figuritas de Lego para que mi hermana las encontrara y se riera. 

Escavar con las manos era para nosotras una manera de estar en contacto con nuestros antepasados, a quienes imaginábamos encendiendo una fogata con los pies firmes en la misma tierra que nosotras pisábamos, como se veía en los dibujos animados de “Érase una vez el hombre”. Nos gustaba darle a las rocas con un palo y nos montábamos baterías improvisadas que sonaban a madera hueca. 

Cuando hicieron los cimientos de nuestra casa nuestro padre nos dejó jugar un par de veces por los túneles mientras repetía: “No toquéis las paredes que se derrumban. Tened cuidado”. Mi hermana y yo no pensábamos en las cosas que podían salir mal sino en todo lo que hacíamos bien, así que para no rozar los muros con nuestros hombros nos imaginábamos que éramos superhéroes rodeados de paredes con ácido corrosivo. Pero, si veíamos sobresalir un trozo blando de arcilla roja, la sacábamos con los dedos y hacíamos figuritas hasta que se quedaba el barro seco y las uñas negras. 

Un poco más abajo de nuestra calle estaba la casa roja. Todos la llamábamos así porque tenía tejas rojas y ventanas del mismo color. Nadie se puso de acuerdo para ponerle ese nombre, sencillamente era imposible llamarla de otra manera. Los cimientos de la casa roja estaban al descubierto el día de la guerra de las bolas de barro porque aún no habían construido la valla. Era el laberinto perfecto para que los niños nos encontráramos.

No recuerdo cómo llegamos hasta allí, ni cómo se hicieron los dos bandos. Lo que sí recuerdo era que había dos bandos, casi quince niños, y que lo que empezó como una especie de pelea de bolas de nieve arenosas acabó en una guerra de trincheras donde volaban las piedras.

Todo cambió en el momento en el que Fernandito nos dijo: “¡Marta, Gema, agachaos que acaba de pasar un ladrillo volando!” Y continuó: “Se van a enterar estos, empezad a hacer bolas y colocarlas aquí abajo.” Como Fernando era el niño más listo de todos, mi hermana y yo le hicimos caso. Toda nuestra experiencia haciendo figuritas de barro nos vino de perlas aquel día. Sentíamos una mezcla de orgullo y miedo, aunque ahora sé que era adrenalina que corría por las venas.

Al principio intenté no mancharme los pantalones de pana pero cuando vi que las piedras volaban por encima me dio igual. Mi única preocupación era que mi hermana Marta, que era tres años menor, no se descalabrara. Le puse la palma de mi mano en lo alto de la cabeza y le dije: “no te muevas”. Y Marta se quedó quieta, como aquella vez que con cuatro años montó por primera vez en el autobús escolar y las niñas se asomaban por encima de los asientos de tela para verla, atosigándola bien, hasta que les dije enfadada: “¡Dejadla ya en paz!”. Cuando desaparecieron las niñas mi hermana me abrazó, y yo le dije que el cole era bien divertido y en el recreo haríamos arena fina.

Pero aquel día no estábamos camino del colegio sino dentro de surcos de barro, pisando charcos, porque la noche anterior había llovido, mientras a lo lejos se oía: “¡Le han dado! ¡Le han dado! ¡A Javi le han dado y sale mucha sangre!”

Fernandito no parecía estar preocupado en descalabrarse y construía un arsenal de bolas de barro que dejaba descansar en un lateral que había construido de un zarpazo, sobre una de esas vetas de arcilla roja. “Lanzarlas por arriba según camináis por el túnel” nos decía Fernando. A mí me daba miedo asomar la cabeza porque, en lugar de parar, los niños no parecían niños sino gremlins agresivos. Recuerdo que me coloqué de lado con la mano izquierda en la cabeza de mi hermana y mi brazo derecho erguido como una catapulta, y empecé a tirar pegotes de tierra sin ton ni son.

Aquello que decíamos en el recreo del colegio de “así no vale” cuando alguien se hacía daño carecía de sentido en Camarma. Camarma era la ciudad sin ley donde no había reglas sino pura supervivencia. Cuando veíamos películas de vaqueros estábamos convencidas de que las infancias de los indios habían tenido lugar en Camarma porque eran todos muy listos. 

Ideamos un plan. Acumularíamos suficientes bolas de barro para que —a dos manos— Fernandito las tirara hacia la izquierda mientras mi hermana y yo nos movíamos hacia la derecha. Nos esconderíamos detrás del montón de grava pegado al río, y nos escabullaríamos por el caminito de juncos que daba a la otra orilla. Desde la otra orilla nadie nos vería.

El plan funcionó. Llegamos a casa ilesas justo a la hora de comer. Mi madre cuando nos vio, nos dijo: “¡Pero dónde os habéis ¡metido!” Nosotras, por supuesto, no dijimos nada.

Allí dejamos a Fernando pero no sentimos que le estábamos abandonando, porque Fernando siempre tenía los mejores planes y salía ileso de todas las situaciones. “Las municiones se acabaron, me escapé por el camino de juncos y a Javi le dieron seis puntos” nos dijo Fernando la semana siguiente sin un rasguño. 

Aquellos túneles se quedaron grabados en mi memoria y con ellos soñé durante mucho tiempo. Pero mucho.

Published by Gema Alava

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